Pé: Me gusta esa canción que habla de tomar coca con fernet y que se mueran los padres
Ma: Sí, tiene buen ritmo
Tenemos ocho años caminando por el lago, el algodón del palo borracho es como el lomo de Scotty, cuando él ya no esté con nosotros me voy a plantar un palo borracho en el jardín. Noche anterior: tensa, te muerde la vinchuca, Pé, te dije que no sacaras ese tema, siempre haciendo lo mismo, tenemos una colección de peleas, si querés intercambiamos: yo tengo la de Brasil con los vómitos y vos tenés la de la guitarra, ¿cambiamos? late, nola, late, late, late.
Día siguiente desayuno a las nueve y media, hotel de muchas estrellitas al pedo, después la caminata que ya les conté, pleno sol, lo único que nos falta es insolarnos (igual al menos así se justifica un poco más 'racionalmente' el dolor de cabeza). Ya no ponemos empeño en regalar, libro es solución fácil, acá somos pragmatistas; además ya no creemos en los regalos, ya no creemos en Papá Noel (¿de verdad no existe? perdón, me vuelvo de ocho años). A estudiar se ha dicho, dormir otra siesta porque dormir me salva de vivir cuando no quiero, intentar leer en vano, parcial el martes pero ya está. Relajación, masaje, gracias por mimarme, hace mucho no me miman, tengo cuerpo de ocho años y mente de ocho años y extraño mi peluche que me lo dejé en casita. Mañana volvemos, mañana volvemos. Después es leer, ir a cenar todos juntos, ir a cenar otra vez al lugar con olor a pedo. Mé dice que la pasó bien pero que faltaron las velitas. Me llevo un libro que sé que no voy a leer, la tapa es de colores, me gustan los colores. Todos estamos con el celular o en el caso de Pé con un libro porque se hace el revolucionario (pero usa traje los días de semana). Viene un hombre a vendernos rosas, no sé qué dice, ya es telenovelesca la situación, para colmo Pé compra una (¡treinta y cinco pesos!) y se la tira a Mé. Mé no sabe que hacer, está por llorar, nos mira, todos sabemos que Pé es un boludo y que Mé es una boluda, son como dos chicos, todos tenemos ocho años cuando nos juntamos, ya no se puede creer. Les digo: y ya está, hay que aceptar que hoy las cosas son así, no quiero usar más el celular para no tener que hablarles, somos como chicos, qué se le va a hacer, son como chicos ustedes dos y más chicos que nosotros. Pé no acepta, siempre evasivo, Mé se va porque dice que sino se va a poner a vomitar y a llorar y que prefiere hacerlo sola, la persigo, Mé se queda y Pé se va, nos deja plata porque es para lo único que sirve (dice). La gente del restaurant nos mira, tenemos ocho años, queremos jugar a los soldaditos, déjenos en paz y si quieren mirar miren. Le digo a la moza que cancele la colita de cuadril con puré, todos alteradísimos y llorosos. Ya no lo podemos creer. Será que no nos gusta usar bonete, o quién sabe: terminé comiendo bife con papas y ni me enteré, L también alterado y ya no tenemos batería en el celular. Mé, perdoname, no soy tu má, no puedo hacer nada, ojalá pudiera pero no me corresponde; ya sabés cómo es Pé, yo tampoco estoy de acuerdo, pero ya sabemos como es y ya sabemos que siempre nos pasa lo mismo, no se puede hacer nada y entendeme que llore, no te puedo decir más nada. L triste por el pulóver que no se pudo comprar, por el fracaso y por la antirutina. Moza, cancele la torta (por favor, no quiero). Gracias, hasta luego / que tenga feliz cumpleaños, señora.
La calle fría, la campera polar, las manos en los bolsillos (se me rompió el cierre de uno y me entra media mano). No sabemos más qué hacer, me dio miedo que Pé se suicide (es un cagón, no lo va a hacer) me adelanto, corro, corro por la escalera, busco mis cosas en el otro cuarto (justo llego Pé), no creo que pueda estudiar. Con L ya no sabemos que decirnos más que nunca más vamos a venir con ellos. Pero esta vez, de veras, de veritas.
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