Casi todos los fines de semana vuelvo a los catorce años. Es que soy pura llaga, y si me tocan grito mis pulmones todos enteros. Me resulta muy difícil de explicar, que alguien pueda entender estas cosas. Me dan ganas de esconderme.
Estoy enferma, estamos enfermos: típica familia rabiosa. Me pican mucho las pulgas, nunca se van, no me dejan en paz, perdón, estoy susceptible. Me molestan mucho las amenazas, la vulnerabilidad, los mismos reclamos hace cinco años, un paso adelante y tres atrás. No nos cansamos de los roles de siempre, yo espero que algún día se me sacuda toda la rabia, no me quiero ahogar con mi propia espuma. Odio que me hagan firmar contratos que certifiquen que soy cinco años menor que otra persona y que por eso tengo que obedecer, odio el fantasma de ser la oveja negra, odio el pedido del cuarto ordenado, odio que me toques los libros.
Y miro para atrás y vuelvo a reescribir lo mismo, pero sin papel carbónico, son copias y copias: otra vez tenemos cinco años, necesitamos intervención de un mayor "capacitado". Enero es el mes del demonio. Cuando gritás es como si me estuvieras cagando a piñas. Quiero querer bien, quiero comunicarme de otra forma. Quiero dejar de ser un castor en Tierra del Fuego, ¿por qué es tan difícil?
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